sábado, 2 de abril de 2011

My Second Red New York

                                                                                 
                                         
Rojo, rojo intenso. Todo perfecto, todo encajaba a la perfección. Ellos, Nueva York... ellos. Ella, rojo intenso, rojo pasión.

«Las cosas no siempre salen como uno quiere. Ese fue mi único consuelo durante mucho tiempo».
       
                
Casi un año había pasado ya desde aquel día... ese día que consiguió arrebatarle un trocito de vida.
Ella había estado a punto de dejar Nueva York. Toda la ciudad le hacía recordar a esa persona, a esa persona que desde hacía casi un año no veía pero que, a pesar de todo, sentía tan cerca como si del primer día en que la conoció se tratase.
             
Pero ella se quedó allí. Se quedó porque quería ser fuerte, mirar de frente al miedo y seguir hacia adelante como ya le habían enseñado tiempo atrás.
       
Sin lugar a dudas estos se convirtieron en los meses más duros de su vida.
No sabía por qué, pero desde aquel día empezó a odiar el rojo, el rojo intenso, el rojo pasión.
Odiaba la Quinta Avenida, odiaba las nueve y cuarto. Las odiaba porque nunca se habían ido de su cabeza, día tras día, noche tras noche, junto con el cielo ennegrecido, azul y sombrío y gris, junto con los rascacielos de la ciudad, la carcajada, la maldita ciudad de las ilusiones...

                           «El amor de mi vida me abandonó.
                                                                       Y yo me abandoné».

Así son las cosas. Aunque... las cosas no tienen por qué ser siempre así, las cosas cambian. Las cosas siempre tienen un final. Las cosas que no nos dijimos, las cosas que nunca olvido, las cosas que siempre guardo, todas tienen un final.
 
Y es que esperó, esperó, esperó y desesperó... Y entonces decidió cambiar el rumbo de su vida.

Se fue a vivir a la Quinta Avenida, se compró el vestido más rojo que había visto nunca. Sintió pasión por la vida, por su vida. Consiguió encontrar a toda la gente, derramó todas las lágrimas que pudo para que nunca más volvieran a brotar. Y dibujó cientos de estrellas en el cielo negro de Nueva York. Y sonrió para iluminar al mundo entero. Y encontró un final alternativo, un final alternativo extremadamente feliz. Bailó bajo los rascacielos para olvidar, conservó el rojo pasión y gritó al universo entero que si uno se lo propone, con el corazón roto, las alas partidas y el alma arañada, se puede gritar.


¿Y por qué?

           
Nueva York y ellos...lo saben.

          

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