viernes, 4 de marzo de 2011

Los riesgos de viajar en avión.

No se por qué pero siempre que me subo a un avión, se me pasa por la cabeza preguntarme que pasaría si algo saliera mal durante el vuelo, si algo fallara. Me parece que a más de uno le pasa y es que sin duda creo que tener un accidente de avión es algo bastante jodido.
Evidentemente, cuando subes a un avión asumes muchos riesgos. Como por ejemplo el riesgo a morir, por qué no.

Pero los riesgos de los que quiero hablarte no son de este tipo.


Siete de la tarde. Estoy sentado al lado de la ventanilla del avión mirando a través del cristal, aun no hemos despegado.
Hace un día realmente malo. Nubes grises, mucho frío, ni un misero rayo de sol.
El ambiente dentro del avión está muy cargado. Azafatas yendo y viniendo rápidamente por el pasillo, niños pequeños gritando, risas inoportunas, mezcla de idiomas, maletas a presión, asientos incómodos y para rematar un calor que axfisia. -Es lo que tienen las compañías de bajo coste- recuerdas.

Afortunadamente, en pocos minutos se encienden los motores, escuchamos un «abróchense los cinturones por favor», el avión empieza a correr por la pista y en cuestión de segundos... las nubes han desaparecido.
Vuelves a mirar por la ventanilla y lo que ves ahora es un sol radiante, un sol que se había escondido o un sol al que simplemente no habían dejado salir.

Mp3, ventanilla y atardecer desde un avión quizás no sea buena combinación. Pero te hace pensar, mucho.

Tonos rojizos, anaranjados, rosa fuerte.

Comienzas a evadirte de la realidad. Ya no escuchas gritos de niños pequeños, no hay azafatas estresadas, no hace tanto calor y los asientos no parecen tan incómodos ahora.
Lo que se ve desde mi ventanilla es un paisaje bastante peculiar. Abajo todo está cubierto de nubes, nubes grises y blancas sobre las que el sol poco a poco se va escondiendo, muy lentamente, coloreando de atardecer el cielo entero.


   
Entonces piensas.
                
Piensas en lo insignificantes que somos todas las personas. Piensas en que somos pequeños, minúsculos cuerpos en este mundo tan inmenso.
Pierden sentido entonces todos nuestros problemas, todas nuestras ideas y cosas que hemos hecho. Dan igual los años, las fiestas, las metas, las ilusiones, los regalos, el dinero. Da igual todo porque desde aquí arriba no te sientes importante. No eres importante.

Reconoces que tu mundo se basa en tu casa, tu pequeña ciudad, tu familia y amigos, pero realmente... ¿qué es eso?. Se trata tan solo de algo que ocupa una pequeñísima parte del mundo, de un mundo gigantesco. Se trata de una parte tan tan pequeña que consigue perder casi todo su sentido.

Resulta que ahí abajo está nuestro mundo tan escrupulosamente fijado. Ahí abajo hemos construido nuestro propio mundo, nuestros propios problemas y soluciones. Ahí abajo luchamos por algo que no existe, lloramos y sufrimos por cosas que, visto desde aquí arriba, resultan de lo más ridículo. Nunca nos hemos dado cuenta.

De repente suena una voz: «Abróchense los cinturones, en breve llegaremos a tierra».

De mala gana vuelvo a la realidad. Vuelven los gritos de niños, el calor axfisiante, las azafatas estresadas y no se por qué pero creo que este asiento es más incómodo todavía.

«El aterrizaje ha sido todo un éxito. Gracias por volar con nosotros».

Y entonces vuelves a pisar la tierra, vuelves a mezclarte entre la gente, sentir la angustia, los problemas, vuelves a vivir tu vida, vuelves a esa minúscula parte del mundo que en cierto modo te hace feliz.

Y puede que sea la presión del aire, o quizás sean las luces del atardecer, pero cuando se está ahí arriba viendo el mundo desde otra perspectiva, corremos un gran riesgo, el riesgo que supone conocer la verdadera realidad.

 Y creo que es un riesgo que se debe correr.
    
       

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